Colombia: Un Poema de Violencia

Uribe, el Trump Made in Colombia

Esta nota la escribo como una simple ciudadana que, perpleja, a mirarnos cómo entre su propia familia y amigos cercanos hay dos bandos enfrentados que se envían notas horrendas y violentas en contra de las figuras de Álvaro Uribe, Iván Duque, Juan Manuel, Enrique y Francisco Santos, las Farc, Gustavo Petro e Iván Cepeda. O sea, veo a la Colombia de Uribe y Santos muy similar a la USA de Trump y Biden. 

En esa orgía de intercambio de insultos, en la que se han convertido muchas redes sociales, en el enloquecido zafarrancho colombiano, no se salva nadie. Las discusiones van de lo sublime a lo ridículo e incluyen a la Iglesia Católica, las Naciones Unidas, la OEA, las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Donald Trump, Joe Biden, los votantes de USA, Venezuela, Rusia, China, la economía global y la pandemia del Covid 19; el Club Bilderberg, el Concejo sobre Relaciones Exteriores (The Council on Foreign Relations), la Sociedad de las Américas (Americas Society) al Concejo de las Américas - financiados en sus orígenes por la Fundación Ford y la Fundación Rockefeller - así como a los multimillonarios George Soros, Bill Gates, Jeff Bezos y hasta la vacuna para el Coronavirus.

Entre el mundo digital, de redes, de blogs y el de los medios tradicionales, no hay ya términos medios. Los extremos son la norma, el medio no aguanta tanto tráfico. Se congestiona y se beneficia.

En Medio de los Medios

Entre todo esto - si bien hay mucha desinformación y, en algunos temas prima la incoherencia - se mezcla un explosivo cóctel, agitado por la mayoría de los medios de comunicación. 

En este cóctel, los periodistas toman partido, al traste con ser objetivismo periodístico; defienden a uno u otro bando. Los colegas, parecen no sólo haber perdido su función básica de informar, sino la razón. Son verdaderos gladiadores en contra o a favor de Uribe, los Santos, las Farc, Petro, el fiscal, Claudia o Cepeda, de Trump o del menos malo.

En ellos se refleja la polarización que a diario llega a los hogares de millones de incautos, vía prensa escita, radial, televisada y digitalizada en redes sociales por Internet. El mensaje que portan estos mensajeros multimedios es uno claro: Para los enemigos de Uribe, la única meta importante es meterlo a la cárcel. Para los uribistas, su jefe es el culto al hombre que, según ellos, salvó a Colombia. En USA, pasa lo mismo con Trump. 

Mientras en los medios sólo se habla de Uribe, sus pecados y la mejor manera de atacarlo o defenderlo, la situación se agrava con la posición que ha tomado el gobierno de Duque. En la agenda de su gestión ya no se habla de paz, ni de cómo pasar a la fase de reconciliación. La más difícil de todo proceso de paz.

Las alocuciones y acciones del presidente Duque, se han convertido en peroratas para la defensa a Uribe y de los préstamos multimillonarios de rescate para Avianca, olvidándose que él es el presidente de la nación, no el abogado de Uribe, ni el Divino Salvador de una empresa mal manejada. 

El Señor Presidente, parece que se olvida que él representa tanto a los uribistas como a los anti-uribistas. Se olvida, que los 50 mil pequeños negocios que se fueron a pique por la pandemia y, los 150 mil colombianos que dependen de esas pymes para trabajar son tan, o más importantes que, los 17 mil empleos de Avianca. Así sea que a esta empresa ya la hayan rescatado de la quiebra varios gobiernos anteriores y que hasta el momento no se sabe si Avianca haya pagado su deuda con el país.

Una Imagen Genera Mil Preguntas 

Es hora para que los asesores de imagen del Presidente, le aconsejen un cambio un estilo. Sus intervenciones parecen más una bofetada a la crisis que vive el pueblo colombiano, que una alocución que invite a la calma. Su sonrisa, parece una burlona, no un gesto de un estadista que inspire optimismo y seguridad.

Los asesores de Duque, deben hacerle ver más como un estadista que como un cantante aficionado. Un buen comienzo para lograr un cambio de imagen puede ser animarle a iniciar un diálogo nacional, y a que, a diferencia de otros presidentes colombianos no recurra a personajes como el Papa y líderes extranjeros para lograr un acercamiento entre las partes. Insultar a los delegados de la ONU, decir mentiras, risitas sardónicas y tener gestos de superioridad no son la solución al problema que enfrenta Colombia; son leña para avivar fuegos.

Y, seguir el modelo irreverente del Donald, en los Estados Unidos, o a Bolsonaro en Brasil, tampoco proyecta una buena imagen. Se les olvida que el gobierno de Trump es más una serie de televisión de crimen sin castigo que una seria gestión de estado. Seguir cualquiera de estos dos modelos, solamente conduciría a más polarización y más violencia.

Sin Memoria Histórica No Hay Futuro

Duque y su gabinete olvidan que Colombia ha perdido cientos de miles de vidas por culpa de la violencia, que el conflicto sigue sin resolverse y que ellos, con sus actitudes y posiciones, hacen parte del problema, no de la solución.

Sin embargo, lo que más sorprende es que tanto uribistas y anti-uribistas por igual, parecen haber borrado del disco duro nacional, toda la memoria histórica de otros tiempos de violencia. 

La situación que vive el país hoy, tiene todos los elementos para el regreso a una guerra civil generalizada en todo el territorio colombiano. 

De llegar a ese extremo, los muertos los vamos a poner todos los colombianos: nuestros hijos, nietos, sobrinos, amigos serán las víctimas de nuestros errores. Condenaríamos a una generación más a perderse en el violento polvo de tiempos de violencia. Mientras, los dirigentes del país, y sus familias saldrían ilesos a negociar la paz o a vivir en paraísos fiscales, como Miami.

Al parecer, los colombianos nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que ha dejado de impactarnos. Hemos olvidado el resultado de la época de la violencia sufrida hace ya 71 años, y que dejara entre 200 mil a 300 mil víctimas, entre liberales y conservadores.

También hemos olvidado la historia reciente; después de un breve intervalo, producto de una relación incestuosa entre los partidos llamada, Frente Nacional. A la violencia entre partidarios liberales o conservadores, le siguieron las generadas por el narcotráfico, el narcoterrorismo, los paras y a violencia de Estado, patrocinada por el Plan Colombia; engendro del gobierno de los Estados Unidos y cuya paternidad se la apropia el hoy candidato a la presidencia de ese país, Joseph Biden. 

Mientras tanto, la mecha de nuestros desacuerdos y de nuestras guerras sigue viva; alimentada por las desigualdades sociales, los abusos y la corrupción que se apoderó de todos los sectores; con el guiño de una justicia comprada y manipulada por las elites y la oligarquía del país.

Además, no queda duda: con la llegada de Duque al poder, recrudecieron las masacres. Regresó la Seguridad Democrática, y la prioridad parece ser, hacer trizas el Proceso de Paz. Las explicaciones de las autoridades sobre estos particulares rayan entre lo cómico y lo trágico. 

Justicia con Corona

Para Coronar todo este galimatías, el COVID-19 ha causado más estragos en el 2020 que en el 19, año de su nacimiento. La pandemia, aunque no discrimina, no ha sido justa con los sectores más vulnerables de la sociedad.

El encierro obligado, no es solución equitativa en un país donde el hacinamiento es norma. 

La pandemia ha afectado más a los trabajadores autónomos – eufemismo para decir: vendedores ambulantes y sobrevivientes sin techo, desamparados - y a las PYMEs, que a los grandes conglomerados que cuentan siempre con la ayuda financiera de la banca y el apoyo incondicional del gobierno. Toda una Plutocracia en acción.

¡Por favor!, mientras el país se debate diezmado entre la pandemia y la violencia, el gobierno no ofrece soluciones y los medios se benefician de la audiencia cautiva, para arengar a más violencia y temor: condimentos esenciales para el control y manipulación de masas.

La historia no se repite, pero sí que rima. La de Colombia parece más un poema oscuro de Poe, que uno resiliente de Machado.

Por: Elizabeth Mora-Mass, en Nueva York. Miguel Alvaro Sarmiento, en Miami
 

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