Internet El Gran Enemigo Del Lenguaje

Cada vez escribimos y leemos más tuits, mensajes de WhatsApp, estados de Facebook y otros textos que se publican en plataformas que, ya sea explícita o implícitamente, penalizan las frases demasiado largas y complejas, jalonadas de subordinadas, o con adjetivos poco comunes. Incluso algunas directrices del SEO (el conjunto de acciones orientadas a mejorar el posicionamiento de un sitio web en la lista de resultados de Google y otros motores de búsqueda) proponen el uso de vocabulario común, títulos más cortos y directos, etc.

Todas estas reglas subyacentes en el entorno de internet podrían estar afectando a la forma misma en la que se expresan los autores de libros que se están publicando actualmente.

No es un efecto tan extraño si tenemos en cuenta que la misma invención de la máquina de escribir también influyó en el estilo literario de muchos de los autores que la adoptaron, pudiéndose diferenciar un estilo pre-máquina y otro post-máquina. La prosa del filósofo Friederich Nietzsche es un ejemplo de ello, tal y como explica Nicholas Carr en su libro Superficiales: “Se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su ‘hierro’), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página”.

T. S. Eliot tuvo una experiencia parecida cuando pasó de manuscribir sus ensayos y poemas a mecanografiarlos: “Me da la sensación de estar mudando todas las frases largas en que solía recrearme a un staccato tan cortante como la prosa francesa moderna. La máquina de escribir fomentará la lucidez, pero no estoy seguro de que haga lo mismo con la sutileza”.

Las frases largas

Las típicas frases que escribía Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido podían tener de 150 a 300 palabras. De hecho, se dice que en sus novelas se puede encontrar la oración más larga de la historia de la literatura. Es algo que también sucede con las obras de Herman Melville y muchos otros autores.

Este estilo, sin embargo, es diametralmente opuesto al telegráfico que exige internet, sobre todo en plataformas como Twitter, que limita un tuit no a un número de palabras, sino incluso de caracteres.

Los autores también son consumidores de internet, y también muchos de ellos escriben en Twitter, así que ello podría haber influido en que cada vez haya más autores que huyan del estilo recargado de Proust y abracen con más interés el estilo telegráfico de Twitter.

Es un efecto que ya comprobó que estaba sucediendo en los estudiantes la investigadora Jeanne Chall, que analizó la estructura gramatical de novelas de reputados autores de principios del siglo XX y la comparó con el de obras contemporáneas. Además de las diferencias en el estilo y el contenido, la longitud promedio de las oraciones era significativamente menor. También halló en general un uso más limitado de la complejidad sintáctica y del lenguaje figurativo.

El teórico de la comunicación Marshall McLuhan ya postulaba que los distintos soportes en los que leemos y escribimos influyen en cómo realizamos estas actividades. Y, como un pez que se muerde la cola, si la lectura en pantalla impide la concentración más sostenida y sosegada que la lectura en papel, es natural que esa tendencia acabe por impregnar también a la lectura en papel, una actividad en franca decadencia.

Nos estamos acostumbrando a leer y escribir en corto, y eso tendrá consecuencias aún por estudiar en nuestra forma de pensar y de procesar la información. Aunque, habida cuenta de que los sistemas de reconocimiento de voz son cada vez más precisos y que dictar mensajes a tu teléfono es (al menos) tres veces más rápido que escribirlos, quizás muy pronto deberemos empezar a enfrentarnos a nuevos cambios todavía más extraños.

 

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