'West side story', un repaso del clásico musical

Con el centenario del nacimiento de Leonard Bernstein, responsable –entre muchas otras maravillas– de la partitura de West Side Story, es de esperar que las reposiciones de este musical comiencen a surgir por doquier.

El montaje original se estrenó en el Teatro Winter Garden de Broadway el 27 de septiembre de 1957 y sus 732 funciones marcaron un hito en la época. Mas tarde, su adaptación a la gran pantalla contribuyó enormemente a la popularidad de sus canciones, y los 10 Oscars que recibió en 1962 terminaron de consagrarlo como el Musical por excelencia. He aquí los puntos fundamentales que no pueden flaquear en ningún montaje de West Side Story:

El Baile

En West Side Story confluyen dos fuerzas de la naturaleza: el compositor Leonard Bernstein y el coreógrafo Jerome Robbins. Los dos trabajaron juntos en innumerables ocasiones, desafiándose mutuamente, pero esta vez fueron más lejos que nunca. Robbins decía que existía una especie de motor, un impulso cinético en el ritmo y las orquestaciones creadas por Bernstein, que pedían a gritos ser demostradas mediante el baile. De hecho, es prácticamente imposible permanecer quieta cuando una escucha el mambo desenfrenado del Baile del Gimnasio, o el ritmo sincopado de la Canción de los jets.

A la dificultad de encarar una partitura exigente se suma una no menos exigente coreografía que demanda de los actores un estado de forma digno de un atleta olímpico. Durante el rodaje de la película, por ejemplo, los intérpretes se quejaban a menudo de dolores en las articulaciones y agotamiento, y cuando el número de Cool –uno de los más frenéticos– se dio al fin por terminado, algunos quemaron con júbilo sus espinilleras y otras protecciones a modo celebración.

West Side Story (1961), Cool, Movie CLIP

 

Juventud

La naturaleza de la historia que nos ocupa –dos jóvenes inmigrantes ligados a bandas rivales que cometen la torpeza de enamorarse– exige que, aunque sus protagonistas carecen del más mínimo sentido común, el público pueda disculparles. La única justificación para las peleas, el loco amor, las discusiones furibundas, y todo el catálogo de insensateces que nos brindan jets y sharks durante dos horas largas, es que asistimos a un comportamiento propio de la adolescencia. Y si los personajes son jóvenes, los actores que los interpreten habrán de serlo también.

En el reparto del montaje original se hizo especial hicapíe en el hecho de que solo el Oficial Krupke o Doc son adultos, los demás no deben serlo. Esto con el inconveniente de que, por lógica, un actor joven aun no puede tener la experiencia y la madurez vocal que esta partitura exige. Pero en resumen, si los actores están aún tiernos, esto revertirá en beneficio de la credibilidad.

La Comedia Musical

Hay violencia, muerte, malas andanzas y la cosa no acaba bien. Pero hay momentos muy divertidos que sirven para aligerar el drama y reforzar después su impacto. Tenemos la ironía de Anita en América, que originalmente era un número exclusivamente femenino. En la película pasó a ser una especie de batalla “chicas vs. chicos” y, a pesar de un leve efecto matrimoniadas, este número sobre las ventajas y desventajas del sueño americano es uno de los puntales de la obra.

Otro momento de absoluta diversión es el teatro que se montan los jets para justificar que no tienen más remedio que estar en la calle, pues en sus casas la vida sí que es dura de verdad. En esa meta-actuación que es Gee, Officer Krupke, se proclama que la delincuencia juvenil es… ¡una enfermedad social! Y a partir de ahí, barra libre de mofa a costa de la policía, los servicios sociales, los jueces y los psiquiatras. La letra era bastante fuerte para 1957, aunque podía haberlo sido más si a Sondheim le hubieran dejado meter todo lo que pretendía.

No obstante, la censura fue más implacable con la película que con la obra original. Si lo que no pasa el filtro de Hollywood sí puede alcanzar las tablas, y sabiendo que el lenguaje de la calle no se caracteriza por su refinamiento precisamente, quizá en 2018 las intenciones de Stephen Sondheim puedan verse cumplidas. Todo sea por potenciar la parte más cómica de la obra, que de drama ya va bien cargadita.

West Side Story (1961), America, Movie CLIP

 

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María

María la niña, la dulce, la bella, la inocente, la virgen. María. Tenemos que enamorarnos de ella nada más verla, como se enamora Tony cuando la descubre en el baile. María es el Bambi que con sus grandes ojos nos hará suspirar solo de pensar en la que se le avecina. De acuerdo, lo de los grandes ojos es algo que ha quedado en el imaginario popular gracias a la versión cinematográfica, pero sepan ustedes que antes de que le dieran el papel a Natalie Wood, la principal candidata para interpretar a María era la pizpireta Audrey Hepburn, que de ojazos también va sobrada.

Como la actriz de Breakfast at Tiffany's se encontraba embarazada en aquellos momentos, el papel pasó directamente a las manos de Natalie Wood que entonces tenía 23 años (diez menos que Hepburn) y, en fin, ya hemos hablado de la importancia de ser joven en West Side Story. María es una chica de 16 años que viene a New York con ganas de comerse el mundo, de pasárselo bien, de lucir un poco de ese escote que Anita no quiere recortarle en el vestido, y de quitarse de encima al tolai de Chino. María es la candidez personificada y lo que más impresiona es la transformación que experimenta el personaje a través del odio.


Rivalidad

Al igual que ocurre con Montescos y Capuletos en Romeo y Julieta, en West Side Story existe un enfrentamiento visceral que no tiene visos de ir a resolverse –al menos, no de manera civilizada–. La idea de actualizar el clásico de Shakespeare fue el punto de partida de esta historia. En los primeros encuentros entre Robbins y Bernstein, allá por el año 1949, el argumento apuntaba a un conflicto religioso: un chico cristiano que se enamoraba de una chica judía y el título provisional de la obra era (¡vaya!) East Side Story.

Dado que tuvieron que aparcar el proyecto, para cuando volvieron a retomarlo –seis años más tarde– la inmigración y el racismo ya eran problemas acuciantes en Nueva York, y decidieron que el conflicto entre bandas se ajustaba más a su actualidad. Así pues, tenemos a los sharks, inmigrantes portorriqueños que llegan a la isla huyendo de los conflictos políticos en su tierra y con la esperanza de encontrar una vida más próspera. Del otro lado, los jets, que pertenecen a la supuesta población local, pero no son más que descendientes de polacos, irlandeses e italianos. Es decir; hijos de otros que en su día también fueron inmigrantes.

Esos pocos metros cuadrados del barrio de Hell’s Kitchen es lo único que poseen, una especie de patria que defenderán con uñas y dientes ante cualquiera que pretenda arrebatársela. Para rematar el despropósito, Puerto Rico (entonces y ahora) es un territorio no incorporado de Estados Unidos, luego tal y como dice la canción, “nadie sabe en América / que Puerto Rico ESTÁ en América”. Cuanto más absurdo el enfrentamiento, mejor –al menos en cuanto a fines dramáticos se refiere–. Es sabido que durante el rodaje de la película se incentivaba a los actores-pandilleros para que mantuvieran ese pique también fuera de las cámaras con la intención de hacer más creíble su enfrentamiento. Si se logra transmitir una sensación de odio y peligro real será más difícil para el público elegir un bando, ya que la verdadera confrontación es la de Tony y María contra el mundo: el amor contra el odio –y ahí sí que no debería costarnos tomar partido–.

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